El caballero del espejismo
Por la inmensa estepa cerealista castellana, bajo un sol de justicia, un caminante recorre un camino pedregoso, polvoriento, en su mano derecha lleva un cayado, sobre el hombro una bota de vino, y una cantimplora de agua pende colgando de la cintura. Los campos amarillean de trigo a izquierda y derecha, y al frente todo un mundo de color pajizo se mueve alrededor del peregrino, inclusive el sol, la bola de fuego colgada en lo alto del cielo, parece querer robarle un pedazo del azul a la bóveda celeste, para transformarlo todo en una monotonía monocromáticamente dorada.
De improviso, repentinamente, a sus espaldas, alguien le saluda, exclamando: -Hola- una palabra cortes y educada que le sobresalta y estremece por lo inesperado e imprevisible en aquellos dominios.
Quien diantres osaría transitar por estos páramos, a no ser un agricultor, u otro peregrino, más los labradores siempre suelen franquear por estos lares guiando sus tractores, sus segadoras, cosechadoras, u otras máquinas similares, y el pueblo más cercano hace más de cuatro horas que lo dejó atrás.
- ¿Quién eres? Preguntó el peregrino a aquel ser con aspecto humano, pero que vestía ropajes de siglos atrás, como salidos de un atrezo teatral ó de película.
- Soy Espejismo Le respondieron.
- Creo que hoy me ha dado excesivamente el sol, y he bebido demasiado vino, no es posible, o eso, o estoy soñando Y el peregrino se pellizcó el brazo derecho para comprobar que aquello no era un sueño Tú, lo que quiera que seas, no eres real. Hace horas que no veo a nadie en el camino, debo de tener fiebre, estar enfermo o algo así, pero lo raro es que me encuentro bien, y te sigo viendo.
- Claro que lo soy. Si no fuese real, tú no estarías hablando conmigo, ya te lo he dicho, soy Espejismo.
- Los espejismos, queridísima cosa, seas lo que seas, son anomalías meteorológicas que provocan ilusiones ópticas debido a la refracción de los rayos luminosos por la atmósfera, y acontecen primordialmente en los desiertos, aunque no categóricamente en ellos, y, un punto muy importante, y por lo tanto, nada baladí, es que ellos ¡ No hablan ¡ ¡ No hablan ¡
- No importa como definas a los espejismos, mi culto e intelectual amigo, habrás de saber que yo soy Espejismo, un caballero del camino, y hablo, por lo tanto habrás de revisar tus conceptos mentales y lingüísticos, precisar claramente con razonamiento el significado de esa palabra.
- Vale, mi imaginación está jugueteando, seguramente aburrida de ver siempre lo mismo, campos y mas campos de trigo, lo mejor será, que me olvide de estos últimos cinco minutos, siga mi camino, sin mirar hacia atrás y todo no será más que una anécdota en mi cuaderno de bitácora.
Y dicho y hecho, el caminante, sin volver la vista atrás, siguió su senda, silbando una canción, para ahuyentar cualquier sonido, y se sosegó por momentos, al cerciorarse que nada acontecía, y así, pasaron unos diez minutos más de caminata en los que nada ocurrió, al cabo de los cuales, se detuvo, un poco más cansado y sediento, vertió las últimas gotas de agua de la cantimplora que llevaba a la cintura, sobre sus resecos labios y prosiguió su marcha.
A los pocos pasos, sintió unos golpes en el hombro izquierdo, sobresaltado, arrojó al suelo la cantimplora vacía, que aun llevaba en la mano, presto, se volvió y una ráfaga de arena y polvo le hizo instintivamente cerrar los ojos, sin haber visto absolutamente nada, volverse de espaldas para repeler y resguardarse de aquel remolino pulverulento que le cegaba y apenas le dejaba respirar, asombrosamente escuchó cascos de caballo pasando a su lado y ladridos de perro. Cuando abrió los ojos, el torbellino de arena había desaparecido, y una yegua de color acanelado, pardorrojizo, es decir, alazana, le miraba desde arriba, y un lanudo perro ovejero de grandes orejas, un cooker spaniel, le miraba desde abajo.
- Hacen conmigo el camino- le informó una voz a su lado, con el mismo acento y deje de aquella que había escuchado diez minutos antes.
- ¡ Otra vez tú ¡ protestó el peregrino ¡ No lo puedo creer ¡ ¡ Esto es inaudito ¡ . Ya te había olvidado y ahora no más te multiplicas por tres. Ay, ay, ay. Se lamentó irónica y escépticamente su interlocutor en plan burlónamente guasón e insólito -
- Venía a decirte que no elijas el camino de la izquierda, pues no conduce a ninguna parte, perderás más de dos horas de viaje, y sólo hallarás un caserón abandonado con un parral vetusto con muchos frutos, pero aún inmaduros, y no te servirán para saciar la sed y deberás de nuevo volver a desandar el camino y al llegar al pueblo no encontrarás sitio para alojarte. Siento mucho que te hayamos asustado, ¿no te habrá entrado arena en los ojos?. Perdón, pero los cascos de los caballos levantan mucho polvo cuando galopan. Ahora, por nuestra culpa, tu cantimplora se ha caído y se ha derramado todo el agua, toma la mía, yo no la necesito. .
- No quiero tu agua, y no se ha derramado, ya estaba vacía cuando se cayó al suelo arguyó el caminante visiblemente estupefacto, más que molesto y no necesito consejos de, de, de un espejismo.
- No importa, ha sido culpa nuestra, ahora está toda ella polvorienta y sucia, te lo debemos Y le entregó su odre, lleno de agua. Y dirigiéndose al perro le dijo Venga, vámonos, orejas.
- ¿Se llama orejas?. Es gracioso, aunque lo cierto es que le viene bien el nombre, - le espetó, mas relajado y en forma más amistosa- ¿para qué querrá un perro unas orejas tan grandes?
- Para volar, peregrino, para volar contestole el caballero - debo seguir mi destino, más antes de despedirme solo tres palabras, cuida tu corazón.
- Mi corazón está fuerte, no le pasa nada, nunca ha estado mejor gritó el caminante con inquina y enojo, dejando atrás su talante amistoso - no me asusto tan fácilmente de un fantasmón por mucho caballo y perro volador que le acompañen.
- Cuida tu corazón, en el camino, peregrino, cuida tu corazón, porque lo perderás, perderás tu corazón en el camino sentenció muy seria y dignamente el caballero, ignorando las enrabietadas palabras de aquel -
Espejismo se montó en su yegua y al trote emprendió la marcha, el cooker spaniel, ladrando, movió las orejas, las batió y se elevó en el aire tras sus acompañantes, voló y voló hasta que los tres se perdieron de vista.
El peregrino sintió un escalofrío y se le erizaron los pelos. Todavía no era su hora, claro que no.
No, va, patrañas, alucinaciones del vino, del sol, quizás de la fiebre, y se palpó la frente.
Olvídalo todo y sigue, se dijo. .
Al llegar a la bifurcación, vislumbró el rótulo de una inscripción que rezaba: paisaje pintoresco. Y el peregrino tomó el camino de la izquierda, sin hacer caso a la advertencia de su ilusión. Sólo encontró un caserón vacío con una parra llena de uvas y un barranco, tuvo que volverse. Cuando llegó al pueblo, no le fue fácil encontrar sitio donde hospedarse, en todos le indicaban que de haber llegado una hora antes, habrían podido disponer de algún huequecillo. Al fin, después de mucho preguntar, alguien le indicó que podría alojarse en el refugio y hacia allá fue, en la entrada vio un letrero que indicaba, refugió de los peregrinos del camino de Santiago, al entrar, justo de frente, colgaba una pintura sobre un lienzo de un caballero en una yegua alazana, acompañado de un perro de largas orejas que levitaba y bajo el cuadro, leyó la leyenda, Caballero del Espejismo..
Preguntó por el cuadro y le contaron un cuento acerca de una leyenda, que precisa que es un guía del camino y de los peregrinos, y que muchos de ellos aseveran el haberlo visto, con yegua y perro volador, pero que nadie del pueblo, jamás de los jamases lo habían visto, pero ellos no eran peregrinos compostelanos.
Partió al día siguiente del pueblo y a dos días de camino, encontrose a una mujer sentada en una piedra, tomando pan y queso, pasó a su lado, saludó cortésmente, deteniéndose al escuchar que le requerían con estas palabras, ¿no queréis compartir conmigo un trozo de pan y queso?
Se sentó al lado de aquella mujer, que no era alta ni baja, fea ni guapa, gorda ni flaca, joven ni vieja, rubia ni morena, pero era como él, otro peregrino camino de Santiago.
Y mientras compartían el pan y el queso, hablaron de su peregrinación y el caminante le narró la ilógica historia del caballero del espejismo, mientras ella guardaba silencio y tapaba sus labios con la mano, tras la cual se esbozaba una amplia y cómplice sonrisa, y no apenas hubo terminado de relatarle la advertencia sobre la pérdida de su corazón, la mujer emitió una estrepitosa carcajada, que continuó en el tiempo, lo que le hizo ponerse a la defensiva, enojarse por aquella absurda reacción, al fin y al cabo, había sido sincero, ella notó su irritación y enfado y le dijo que lo sentía, pero no podía dejar de reír, lo siento, lo siento, dijo entre risas más pausadas, no me río de usted. No. Yo le creo. Le juro que le creo, y le entiendo, el peregrino se sintió aliviado por esas palabras, si, por favor, déjeme, déjeme respirar y calmarme y le cuento.
Ella cesó en sus risas y prosiguió, Yo también le vi, tengo que decirle que creí que me estaba volviendo loca y lo aduje a tanta soledad del camino, cuando yo propiamente vi a ese caballero y a su perro, al perro que vuela, di un respingo tal que me hizo caer al suelo, él luego se portó muy afable, cordial, atento y encantador y a pesar de su extravagancia y superada mi angustia y miedo, alivió mi soledad y lo acepté sin extrañeza, aunque fuese por no más de cinco minutos, en que desapareció igual que vino, pero lo más insólito de todo es lo que me manifestó al despedirse, me aseveró que encontraría un corazón perdido en el camino.
Pelín Becqueriano me ha quedado. En Fin. Siempre habrá imitadores :)
De improviso, repentinamente, a sus espaldas, alguien le saluda, exclamando: -Hola- una palabra cortes y educada que le sobresalta y estremece por lo inesperado e imprevisible en aquellos dominios.
Quien diantres osaría transitar por estos páramos, a no ser un agricultor, u otro peregrino, más los labradores siempre suelen franquear por estos lares guiando sus tractores, sus segadoras, cosechadoras, u otras máquinas similares, y el pueblo más cercano hace más de cuatro horas que lo dejó atrás.
- ¿Quién eres? Preguntó el peregrino a aquel ser con aspecto humano, pero que vestía ropajes de siglos atrás, como salidos de un atrezo teatral ó de película.
- Soy Espejismo Le respondieron.
- Creo que hoy me ha dado excesivamente el sol, y he bebido demasiado vino, no es posible, o eso, o estoy soñando Y el peregrino se pellizcó el brazo derecho para comprobar que aquello no era un sueño Tú, lo que quiera que seas, no eres real. Hace horas que no veo a nadie en el camino, debo de tener fiebre, estar enfermo o algo así, pero lo raro es que me encuentro bien, y te sigo viendo.
- Claro que lo soy. Si no fuese real, tú no estarías hablando conmigo, ya te lo he dicho, soy Espejismo.
- Los espejismos, queridísima cosa, seas lo que seas, son anomalías meteorológicas que provocan ilusiones ópticas debido a la refracción de los rayos luminosos por la atmósfera, y acontecen primordialmente en los desiertos, aunque no categóricamente en ellos, y, un punto muy importante, y por lo tanto, nada baladí, es que ellos ¡ No hablan ¡ ¡ No hablan ¡
- No importa como definas a los espejismos, mi culto e intelectual amigo, habrás de saber que yo soy Espejismo, un caballero del camino, y hablo, por lo tanto habrás de revisar tus conceptos mentales y lingüísticos, precisar claramente con razonamiento el significado de esa palabra.
- Vale, mi imaginación está jugueteando, seguramente aburrida de ver siempre lo mismo, campos y mas campos de trigo, lo mejor será, que me olvide de estos últimos cinco minutos, siga mi camino, sin mirar hacia atrás y todo no será más que una anécdota en mi cuaderno de bitácora.
Y dicho y hecho, el caminante, sin volver la vista atrás, siguió su senda, silbando una canción, para ahuyentar cualquier sonido, y se sosegó por momentos, al cerciorarse que nada acontecía, y así, pasaron unos diez minutos más de caminata en los que nada ocurrió, al cabo de los cuales, se detuvo, un poco más cansado y sediento, vertió las últimas gotas de agua de la cantimplora que llevaba a la cintura, sobre sus resecos labios y prosiguió su marcha.
A los pocos pasos, sintió unos golpes en el hombro izquierdo, sobresaltado, arrojó al suelo la cantimplora vacía, que aun llevaba en la mano, presto, se volvió y una ráfaga de arena y polvo le hizo instintivamente cerrar los ojos, sin haber visto absolutamente nada, volverse de espaldas para repeler y resguardarse de aquel remolino pulverulento que le cegaba y apenas le dejaba respirar, asombrosamente escuchó cascos de caballo pasando a su lado y ladridos de perro. Cuando abrió los ojos, el torbellino de arena había desaparecido, y una yegua de color acanelado, pardorrojizo, es decir, alazana, le miraba desde arriba, y un lanudo perro ovejero de grandes orejas, un cooker spaniel, le miraba desde abajo.
- Hacen conmigo el camino- le informó una voz a su lado, con el mismo acento y deje de aquella que había escuchado diez minutos antes.
- ¡ Otra vez tú ¡ protestó el peregrino ¡ No lo puedo creer ¡ ¡ Esto es inaudito ¡ . Ya te había olvidado y ahora no más te multiplicas por tres. Ay, ay, ay. Se lamentó irónica y escépticamente su interlocutor en plan burlónamente guasón e insólito -
- Venía a decirte que no elijas el camino de la izquierda, pues no conduce a ninguna parte, perderás más de dos horas de viaje, y sólo hallarás un caserón abandonado con un parral vetusto con muchos frutos, pero aún inmaduros, y no te servirán para saciar la sed y deberás de nuevo volver a desandar el camino y al llegar al pueblo no encontrarás sitio para alojarte. Siento mucho que te hayamos asustado, ¿no te habrá entrado arena en los ojos?. Perdón, pero los cascos de los caballos levantan mucho polvo cuando galopan. Ahora, por nuestra culpa, tu cantimplora se ha caído y se ha derramado todo el agua, toma la mía, yo no la necesito. .
- No quiero tu agua, y no se ha derramado, ya estaba vacía cuando se cayó al suelo arguyó el caminante visiblemente estupefacto, más que molesto y no necesito consejos de, de, de un espejismo.
- No importa, ha sido culpa nuestra, ahora está toda ella polvorienta y sucia, te lo debemos Y le entregó su odre, lleno de agua. Y dirigiéndose al perro le dijo Venga, vámonos, orejas.
- ¿Se llama orejas?. Es gracioso, aunque lo cierto es que le viene bien el nombre, - le espetó, mas relajado y en forma más amistosa- ¿para qué querrá un perro unas orejas tan grandes?
- Para volar, peregrino, para volar contestole el caballero - debo seguir mi destino, más antes de despedirme solo tres palabras, cuida tu corazón.
- Mi corazón está fuerte, no le pasa nada, nunca ha estado mejor gritó el caminante con inquina y enojo, dejando atrás su talante amistoso - no me asusto tan fácilmente de un fantasmón por mucho caballo y perro volador que le acompañen.
- Cuida tu corazón, en el camino, peregrino, cuida tu corazón, porque lo perderás, perderás tu corazón en el camino sentenció muy seria y dignamente el caballero, ignorando las enrabietadas palabras de aquel -
Espejismo se montó en su yegua y al trote emprendió la marcha, el cooker spaniel, ladrando, movió las orejas, las batió y se elevó en el aire tras sus acompañantes, voló y voló hasta que los tres se perdieron de vista.
El peregrino sintió un escalofrío y se le erizaron los pelos. Todavía no era su hora, claro que no.
No, va, patrañas, alucinaciones del vino, del sol, quizás de la fiebre, y se palpó la frente.
Olvídalo todo y sigue, se dijo. .
Al llegar a la bifurcación, vislumbró el rótulo de una inscripción que rezaba: paisaje pintoresco. Y el peregrino tomó el camino de la izquierda, sin hacer caso a la advertencia de su ilusión. Sólo encontró un caserón vacío con una parra llena de uvas y un barranco, tuvo que volverse. Cuando llegó al pueblo, no le fue fácil encontrar sitio donde hospedarse, en todos le indicaban que de haber llegado una hora antes, habrían podido disponer de algún huequecillo. Al fin, después de mucho preguntar, alguien le indicó que podría alojarse en el refugio y hacia allá fue, en la entrada vio un letrero que indicaba, refugió de los peregrinos del camino de Santiago, al entrar, justo de frente, colgaba una pintura sobre un lienzo de un caballero en una yegua alazana, acompañado de un perro de largas orejas que levitaba y bajo el cuadro, leyó la leyenda, Caballero del Espejismo..
Preguntó por el cuadro y le contaron un cuento acerca de una leyenda, que precisa que es un guía del camino y de los peregrinos, y que muchos de ellos aseveran el haberlo visto, con yegua y perro volador, pero que nadie del pueblo, jamás de los jamases lo habían visto, pero ellos no eran peregrinos compostelanos.
Partió al día siguiente del pueblo y a dos días de camino, encontrose a una mujer sentada en una piedra, tomando pan y queso, pasó a su lado, saludó cortésmente, deteniéndose al escuchar que le requerían con estas palabras, ¿no queréis compartir conmigo un trozo de pan y queso?
Se sentó al lado de aquella mujer, que no era alta ni baja, fea ni guapa, gorda ni flaca, joven ni vieja, rubia ni morena, pero era como él, otro peregrino camino de Santiago.
Y mientras compartían el pan y el queso, hablaron de su peregrinación y el caminante le narró la ilógica historia del caballero del espejismo, mientras ella guardaba silencio y tapaba sus labios con la mano, tras la cual se esbozaba una amplia y cómplice sonrisa, y no apenas hubo terminado de relatarle la advertencia sobre la pérdida de su corazón, la mujer emitió una estrepitosa carcajada, que continuó en el tiempo, lo que le hizo ponerse a la defensiva, enojarse por aquella absurda reacción, al fin y al cabo, había sido sincero, ella notó su irritación y enfado y le dijo que lo sentía, pero no podía dejar de reír, lo siento, lo siento, dijo entre risas más pausadas, no me río de usted. No. Yo le creo. Le juro que le creo, y le entiendo, el peregrino se sintió aliviado por esas palabras, si, por favor, déjeme, déjeme respirar y calmarme y le cuento.
Ella cesó en sus risas y prosiguió, Yo también le vi, tengo que decirle que creí que me estaba volviendo loca y lo aduje a tanta soledad del camino, cuando yo propiamente vi a ese caballero y a su perro, al perro que vuela, di un respingo tal que me hizo caer al suelo, él luego se portó muy afable, cordial, atento y encantador y a pesar de su extravagancia y superada mi angustia y miedo, alivió mi soledad y lo acepté sin extrañeza, aunque fuese por no más de cinco minutos, en que desapareció igual que vino, pero lo más insólito de todo es lo que me manifestó al despedirse, me aseveró que encontraría un corazón perdido en el camino.
Pelín Becqueriano me ha quedado. En Fin. Siempre habrá imitadores :)
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